Después de seis o siete inviernos vividos (y sobrevividos) en Moscú, poco me sorprende la nieve, pero reconozco que, en los años que llevo en Madrid, no había nevado nunca como ayer.
La ciudad se colapsó temprano, los madrileños no están acostumbrados a manejar sobre el hielo. La N-II se cortó a primera hora y ni siquiera los infalibles agentes distribuidores de los couriers DHL, TNT llegaron a la oficina. Barajas cerró por completo las operaciones y se desviaron más de cincuenta vuelos. Muchas empresas liberaron a sus empleados antes de las 4 de la tarde y se exhortaba por los medios a los conductores a dejar aparcados sus vehículos donde estuvieran y usar el metro y el tren. Se desactivaron los parquímetros para ello, toda una emergencia!
Así lucían el frente de mi oficina, y el parque Eva Perón, la estación de RENFE…


La ciudad se colapsó temprano, los madrileños no están acostumbrados a manejar sobre el hielo. La N-II se cortó a primera hora y ni siquiera los infalibles agentes distribuidores de los couriers DHL, TNT llegaron a la oficina. Barajas cerró por completo las operaciones y se desviaron más de cincuenta vuelos. Muchas empresas liberaron a sus empleados antes de las 4 de la tarde y se exhortaba por los medios a los conductores a dejar aparcados sus vehículos donde estuvieran y usar el metro y el tren. Se desactivaron los parquímetros para ello, toda una emergencia!
Así lucían el frente de mi oficina, y el parque Eva Perón, la estación de RENFE…

Esos fueron inconvenientes. Pero la nevada matinal, a ritmo lento, denso e incesante y con unos copos enormes como en las películas, sacó también a los niños a los patios, a amasar y lanzarse bolas. Y a los no tan niños. Todavía de noche, al regresar a casa encontré en una calle interior del barrio a dos chicas, como de 16 o 17 años, que en la oscuridad y entre risas trataban de fijar un enorme muñeco de nieve sobre el capó de un coche. El muñeco era impecable, enorme y bien compacto, pero debían tener en cuenta que el capó tiene cierto ángulo descendente, y aquella de mole de hielo resbalaba sin fin hacia delante, por mucho que ellas se empeñaban en sostenerla. Ahí las dejé, me temo que el snowman terminó haciendo una tirada libre al pavimento.
Estas son vistas que tomé en la tarde-noche, al regreso en la Plaza Cervantes de Alcalá…Y las cigüeñas ahí! En lo alto de los campanarios, cubiertas de hielo. Qué bichos tenaces y testarudos, que no se van ya al norte de Africa en estas fechas. Solo de verlas me congelo.







Ya se sabe que el blog sirve también, a veces, para la complacencia propia, así que como testimonio gráfico de los 80, más allá de los convulsos sucesos, prefiero recordar este trocito de vida personal de ese año, que incluye una trusa de la tienda Indochina, unas gafas redondas y ochenteras del bulevar...y una lata de Taoro!