sábado, 4 de septiembre de 2010

Sabina y su banda, fin de agosto en la Huerta del Palacio Arzobispal

A sus 60 y algo casi-llenó la pedregosa explanada de la Huerta del Palacio Arzobispal, tan larga y ancha, de muro a muro, que el mismísimo Bob Dylan la casi-llenó también aquel verano del 2004. Mucha gente de todas las edades, desde 12 a 70, abuelas, solterones con gafas, adolescentes cañeros, cuarentones freakies con rastas y vaqueros con huecos, rojos y peperos - más de los primeros que de los segundos claro, vistosas rubias en tacones, de todo había en la huerta sabiniana…
Vinagre y Rosas fue el eje del concierto, con ese fondo de escenario lleno de tuberías grises y no tan grises por las guirnaldas, el mismo trasfondo que acompaña toda la gira del disco, igual en Montevideo que en Salamanca. Confieso que no me cala el aire melancólico de esas nuevas canciones, de las cuales no puedo tararear más de la mitad, salvando su viejo estilo presente en Menos dos alas: “decía [González] que morirse no era tan grave / y agonizó en voz baja por cortesía.” Pero allí estaba, Sabina, tan flaco y tan calavera como siempre, convenciéndome con su magia, su bombín y su voz ronca.




Pancho Varona fue el que estuvo al centro de la escena al romper el concierto, todo de negro, con su guitarra, y un misterioso sombrero de ala que luego -con el calor creciente- combinó eclécticamente con un tremendo abanico, negro también. Comenzaban los acordes de Y nos dieron las diez y 8,000 pares de ojos seguían esperando ver aparecer a Sabina, que salió entre gritos de “¡ahora, sí!” desde un lateral. Jaime Asúa, rockero como siempre, Antoñito García de Diego de blanco entero, divertido en su esquina en una fiesta de teclas, fumando a cada rato (lástima de su garganta y de sus entrañables coros). Josemi Sagaste, marinero en medio con el saxo o teclados, poniendo un toque vital y joven entre tanta veteranía y Mara, oh! Marita Barros el otro toque, fresca y flamenca, con un chorro de voz y contoneando sus redondeces sin complejos, como la suele presentar Sabina “borda el papel de amazona / que mi cartel necesita / ni un gramo de silicona / Mademoiselle Barros ¡Marita!” De todos los videos que encontré por ahí este es el más corto y ya le hace justicia a su gracia.



Cierto es que el formato se vio rigurosamente estructurado, con un guiño evidente al espectáculo, cambios de ropa al compás de algún texto, pequeñas escenificaciones como en Una Canción para la Magdalena, con cigarrillos y subidas de tono. Sabina lleva el guión y, aunque se toma descansos cediendo el protagonismo a la banda, mantiene su vigor cuando salta, baila, blande el bastón y sorprende a cada rato al público para que no se olvide del juglar pícaro que fue. Luego de declamar un soneto, soltó una de las suyas ante los aplausos interminables: “No juguéis con fuego, que sigo recitando y no canto”.









En otro momento una señora desde el público le gritó “Sabina, ¡regálame el gorro!” y él, entre molesto y sonriente, regresó al otro lado del escenario repitiendo “¿a este maravilloso bombín le llamas gorro?...el gorro, dice…!”

Más allá de estos dos chispazos de humor sabiniano le vi correcto, con pocas muestras de su tradicional irreverencia, será el cansancio, será que la cercanía del Obispado y los vetustos muros del Palacio Arzobispal, el ambiente de fiestas patronales y aire religioso de la vieja Alcalá lo indujeron a la mesura.

El resto, sus canciones clásicas, un gustazo y un trance. No me canso de escucharle cantar Aves de Paso o Peces de CiudadLa del Pirata Cojo o cualquiera de Física y Química. Suenan igual. Eterno Sabina y eternos sus músicos, no hay diferencia entre el concierto y las melodías y acordes que tenemos en la memoria gracias a los discos y eso es convincente. Como en casi todos los conciertos se despidió tres veces y repitió, regresando con más de las de siempre ante los vítores y palmas de “Sabina, Sabina, así no se termina!”

Cuando la gente completaba las estrofas se le veía reír, reír de verdad y no solo como parte del guión. Es una forma de conexión con el público que lo gratifica, un público del que -por otra parte- Sabina está siempre distante físicamente, protegido y aislado, al menos en estos tiempos, tan diferentes de aquellas descargas en la Mandrágora.

Un enjambre de gente se aproximaba a su microbús a la entrada del concierto y otro trataba de despedirlo. Mientras tanto nosotros, larga espera por medio, llegamos hasta la primera fila y le vimos cantar, a escasos 3 metros, durante dos horas y media, todo un lujo para esta fiel seguidora, levantando a ratos nuestra pancarta “QUE VIVAN TUS MUSAS, FLACO”, bajo protesta de los que en ese momento dejaban de ver el escenario.


Es verdad, su voz no es la que era, la que nunca fue, pero su verbo y su guitarra son genuinos. Sus músicos son excelentes. Y vale la pena siempre ver a Joaquín y compartir la pasión sabinera. Dicen que con Vinagre y Rosas se despide de los grandes escenarios. No te vayas lejos pues, maestro… “ojalá que volvamos a vernos!"

4 comentarios:

la margarita mia dijo...

ya se que estas liada y no apareces por el blog, pero pasa por el mio que tienes un regalito, saludos

Betty dijo...

lo estoy, amiga Pero agradezco un montón que a pesar de las lagunas blogueras te acuerdes del Blog de Betty...gracias! Y contenta de que te sientas mejor y riegues Tu Margarita Tuya, un abrazo grande

Joaquin Sabina - dijo...

En mi blog oficial hablo de mi musa argentina a quien decidí reconocer en público y perdirle perdón.


Saludos desde Buenos Aires.

Joaquin Sabina - dijo...

http://porelamordeunamina.blogspot.com

muy atinada tu crónica, se nota que la has escrito con sincero afecto.

J.